El inglés arrasa con las 23 lenguas oficiales.

Bruselas es la capital de Europa, en todos los sentidos posibles. En ninguna otra ciudad de la UE uno camina por la calle escuchando tantos idiomas, viendo tantas culturas diferentes, todo ensamblado como un ejercicio absolutamente natural. Prensa de todos los países, restaurantes de casi cualquier Estado miembro y de más allá -sirios, serbios, africanos- luciendo sus galones cosmopolitas. Es el ADN de la ciudad.

La capital europea lo es también de un país en el que se hablan tres lenguas oficiales: el francés, el flamenco y el alemán. Un Estado casi fallido con dos mitades enfrentadas en el que la identidad es un asunto más bien espinoso. Una ciudad sin rostro, una isla de convivencia en mitad de un país en el que los flamencos muy rara vez van a Valonia y los valones pasan muy poco por Flandes.

Una “tierra de nadie” que, de hecho, representa una ventaja para la capitalidad europea. Si las instituciones europeas estuvieran en París seguramente Berlín se quejaría. A la inversa si fuera al revés. Pero Bruselas no le importa a nadie. Todos están contentos. Y con la lengua más usada en la burbuja comunitaria puede acabar sucediendo lo mismo.

Cuando el Brexit se convirtió en una realidad, Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, comenzó a bromear con hablar menos inglés. Al fin y al cabo, sería una lengua que empezaría a estar en desuso cuando el Reino Unido abandonara la UE. Ya no se hablaría tanto inglés en los pasillos de la Comisión Europea.

A día de hoy este idioma gana por goleada a cualquier otra lengua que se pueda hablar en el barrio europeo de Bruselas. Se escucha en los restaurantes, en las oficinas de las instituciones, en las cafeterías, en los pubs irlandeses, gimnasios o quioscos de prensa. En todos lados.

A la hora de trabajar, el inglés es también la lengua vehicular favorita. Pero no siempre fue así. Algunos recuerdan con cierta nostalgia cuando el francés era el acento dominante y nadie le ganaba. Llevaba siglos siendo el idioma de la diplomacia y lo seguiría siendo.

2004, año clave.

Una serie de acontecimientos cambiaron las cosas. Ahora Juncker espera que el francés vaya a recuperar fuerza con la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Pero la realidad es otra distinta. El inglés llegó a las instituciones europeas para quedarse. Y lo hizo con fuerza porque la entrada de todo el bloque del este de Europa en el proyecto común fue un momento clave. Los polacos, por ejemplo, podrían hablar en ruso, pero no francés, por mucho que fuera la lengua de la diplomacia europea. Y para ellos era mucho más sencillo trabajar en inglés.

Así es como los documentos de trabajo y los movimientos a nivel diplomático comenzaron a hacerse en inglés. Hoy casi todos los textos se escriben en él, aunque luego pasen por el extenso equipo de traducción que utilizan las instituciones europeas para distribuir su información en las otras 23 lenguas oficiales.

Los británicos sacaron bastante ventaja a los países que tradicionalmente habían trabajado con el francés como lengua diplomática. El embajador británico antes la UE, como el irlandés o el maltés, entendían bien las diferencias entre una palabra y otra, muy parecidas, pero con connotaciones distintas. Los franceses, por ejemplo, tenían que pasar de usar su propia lengua a entender los matices del inglés.

Y en la UE que una palabra pueda tener un segundo sentido, pueda dar pie a una interpretación distinta o abra puertas a otras lecturas es absolutamente clave. Bruselas, la ciudad de los susurros, lo es también de los matices, de las comas y puntos en documentos diplomáticos que marcan la diferencia.

El aumento del uso del inglés en la Unión Europea también fue paralelo al crecimiento del peso del Reino Unido. Porque la UE de hoy, aunque los británicos abandonen el proyecto, se parece mucho a lo que Londres quería que fuera: las ambiciones federales ya son inaceptables para un buen puñado de Estados miembros que bloquean esa vía de progreso y quieren que el club permanezca como un espacio de libre comercio.

Algunos de los funcionarios y diplomáticos más hábiles de Bruselas eran británicos, y lo han sido hasta hace relativamente poco. Su control del idioma en las negociaciones también ha sido una ventaja para los británicos a la hora de forjar acuerdos y de dar los últimos retoques al trabajo de orfebrería de la negociación europea. Pero Londres ha aportado algunas de las mentes más brillantes de la esfera comunitaria. El inglés será un recordatorio de lo clave que llegó a ser el Reino Unido en la UE.

¿Lengua elitista?

El inglés es un idioma al alcance de prácticamente todos. Es fácil aprenderlo y más en Bruselas, donde se habla el ‘euro-english’ o ‘globish’: inglés, pero con muchos errores. Está permitido mientras un polaco, un finlandés y un portugués puedan entenderse en la misma conversación. “El inglés simplificado ha llegado para quedarse”, explica Jaume Duch, portavoz de la Eurocámara.

“El movimiento que pide que el francés se sitúe como la primera lengua en la UE es minoritario y está bastante acotado a una pequeña élite intelectual y periodística de Bruselas.”

Círculos de pensamiento algo chovinistas, que esperan con ardor el regreso de Francia a la primera línea mundial: “Rendre la France grande encore”. Y el regreso del francés es parte de esa idea.

Para el resto del mundo, el inglés es más que bienvenido. Y si se trata de las nuevas generaciones, entre los que es cada vez más común que sepan hablar varios idiomas, basta un paseo el jueves por la tarde por Plaza Luxemburgo, donde se reúnen muchos de los jóvenes que realizan prácticas en las instituciones europeas, para darse cuenta de que el inglés arrasa. Se escucha también francés, pero a la vez muchísimo italiano, alemán o español. Se funde en la enorme sopa de letras que es Bruselas.

El francés sigue utilizándose para las relaciones personales, para charlar en un pasillo, pero rara vez es la principal lengua cuando se trata de trabajar, de plasmar posiciones en documentos o de mantener negociaciones. “El francés ha retrocedido mucho en el Consejo. Algo menos en la Comisión y en la administración del Parlamento. Y sigue siendo la lengua de procedimiento principal en el Tribunal de Justicia (en Luxemburgo)”, explica Duch.

En el Colegio de Europa, un centro donde buena parte de la élite que después ocupa altos cargos de las instituciones europeas acude para obtener un título superior, el francés es una lengua prácticamente obligatoria. Y quien no sabe hablar bien francés acude a clases extra para aprenderlo.

¿Se notará el Brexit?

Pero llegada la hora de la verdad, cuando el Brexit no sea más un proceso inconcluso sino un hecho consumado, ¿se notará? ¿Habrá un retroceso del inglés? “No”, contestan varios trabajadores de la Comisión Europea. Desde el 23 de junio de 2016 su vida y la forma de comunicarse no ha cambiado en absolutamente nada. El inglés sigue siendo, de muy lejos, la lengua más utilizada.

En el ámbito de las instituciones europeas lo tienen claro: no hay vuelta atrás al inglés. El francés es una lengua bonita, bastante utilizada en términos informales, con algunos usos de trabajo, pero ahí termina su recorrido.

“Ni se ha notado ni creo que se vaya a notar en la práctica”, señala otro trabajador del Ejecutivo comunitario. Un funcionario que trabaja en temas de comunicación señala que en los 90 el francés era la lengua predominante, cuando solo había 12 Estados miembros. Eso fue poco a poco cambiando hasta llegar a lo que califica como una “clara hegemonía del inglés”. “No cambiará la situación porque es la lengua que usa todo el mundo”, señala. “Ni el francés ni el alemán ni ninguna otra lengua van a lograr reemplazarlo”, sentencia Duch.

Pero Bruselas no son solo las instituciones europeas: a su alrededor hay un enjambre de lobbies, empresas, ONGs y grupos de presión. Y en todos esos círculos hay una opinión unánime: el inglés no se va a mover de donde está. De hecho hay una parte importante de funcionarios, diplomáticos y trabajadores de los sectores privados de la capital comunitaria que difícilmente se manejan en francés. Las clases de francés en Bruselas están llenas de personas que han caído en el centro de la UE sin comerlo ni beberlo, y todo lo que manejan de la lengua nacional es el francés de supermercado: “Un sac s’il vous plaît”.

Algunos señalan ahora que solo Irlanda y Malta utilizan el inglés, y que eso debería descalificar en cierto modo a esta lengua. No hay ningún gran Estado miembro que utilice el inglés. Pero es justo es lo que le hace un idioma ideal para la UE, lo que lo convierte en una especie de ‘Bruselas del idioma’. Un terreno de nadie tras el que no hay intereses nacionales, que no genera tensiones, que no levanta pasiones. Es justo la idea de Europa: derribar fronteras y elementos identitarios que separan.

Fuente: Nacho Alarcón / El Confidencial

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